Publicitat

Set accents

Informació de proximitat i periodisme reflexiu

Publicitat

Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Un sello, por favor

“A veces escribo cartas para no sentirme atado”.
El Último de la Fila


Lo han dicho mucho, en todos los tiempos, o al menos desde la existencia de la escritura. Las cartas serenan, alivian, te restablecen. Las cartas que uno escribe, por supuesto, y las que otro recibe. 

La carta siempre es personal, requiere tiempo y el tiempo es un bien preciado en esta era de vértigo tecnológico (y otros). Precisa de máxima atención por parte de quien la sostiene entre sus dedos, emisor o receptor. Hay quien ve en la carta un objeto anacrónico. Pero párense a pensar, ¿qué prefieren, una habitación de hotel —aséptica y despersonalizada— o la de una casa vivida? ¿Una carta manuscrita o un email? No hay color. Nuestra actitud frente a un lugar u otro es completamente distinta. En el hotel no hay estanterías llenas de historias, ni juguetes por el suelo, ni plantas y la cama siempre está impoluta y perfectamente planchada. En la carta manuscrita hay lapsus, mala letra, temblores, sintaxis rocambolescas. Hay pulso, latido físico. Y siempre podemos volver a leerla. Podemos volver a maravillarnos. La han escrito para nosotros, sí, en un papel con olor y textura. Es un regalo. Leer una carta de alguien es como tomarse un café con él en su salón. 

La carta permanece, scriptum manet, verba volant. Al encuentro honesto con el otro se le suma el ritmo apaciguado de una mano (o dos) trazando y creando significado. Un significado, insisto, hecho por y para nosotros. Todas las palabras, absolutamente todas, están escogidas con precisión, es un texto ajustado, afinado. No entiendo por qué tienen tan mala fama los tachones, las rectificaciones, las anotaciones al margen si nos detallan los caminos por los que se ha movido la mente —¿solo la mente?— de quien la ha ido construyendo. Pero, vale, lo acepto, podemos pasarla a limpio y evitar todos esos añadidos. A mi a veces me pasa, lo de pasarla a limpio, y a cada intento de carta definitiva, emerge algo nuevo. La carta tiene vida, te habla a ti. La carta es un camino. Las cartas resuelven conflictos y ayudan a vivir, ¿por qué si no se le llamaría a la paloma blanca paloma de la paz? 

Además, ese diálogo íntimo que respira exclusividad tiene mucho de literatura: de entrada, es un artificio que usa la palabra con un fin estético, es raro escribir cartas que no sean bonitas, o que no pretendan serlo. Uno se pone serio al escribir cartas. En ellas siempre habita una parte de verdad, porque rezuman sinceridad y desnudez. Tal vez sean el instrumento de ficción más auténtico que existe. Una ficción verdadera, honesta. A veces tengo la sensación que las buenas novelas son cartas camufladas al lector. 

Sin embargo, la carta es un bien al que no le damos bola, que hemos dejado de utilizar como medio de expresión y ¡cuántas veces nos salvaría de la violencia y los desencuentros! Cuando escribes una carta entras en ese espacio onírico del no tiempo, eso que algunos han llamado tiempo vertical, que no entiende de relojes ni gilipolleces. Es uno de los cordones umbilicales más bellos que existen. Y duraderos. Con las cartas nos desnudamos, pero tal  vez en estos tiempos modernos de hambre, prisa y retórica limitada, pocos queremos (o sabemos) desnudarnos de ese modo. Quizás porque ahí las capas son infinitas. 

Y recibir una carta manuscrita, ¿recuerdan cómo era? Sin duda una de las mayores alegrías de aquellos tiempos analógicos. La vida sigue siendo analógica, y está hecha de todo lo que queramos, pero sobre todo está hecha de palabras. Cierren los ojos y recuerden: abrimos el buzón, cogemos la carta que lleva nuestro nombre, temblamos, empezamos a leerla, contiene un saludo, alguna pregunta, nos estremecemos, a veces leemos en diagonal buscando aquello que anhelamos y nos dirigimos al final donde van ubicados los te extraño, siempre tuya o respóndeme pronto. Aunque parezca mentira, seguro que aún la mayoría albergamos la esperanza, al abrir el buzón, de recibir una, ¿verdad? 

Pero eso no sucede. O sucede muy poco.

Confieso haber escrito cartas, principalmente de amor (todas lo son), inspirada por el espíritu de Anaïs Nin, Emily Dickinson, Mercè Rodoreda o Elena Poniatowska, especialmente cuando vivía lejos de casa, aunque siempre lo he hecho. Aún a día de hoy. Hablar del vínculo lo nutre y, hacerlo por escrito, lo perpetua y lo renueva. Una historia de amor (todas lo son) que empieza en lo líquido se va solidificando, en parte, gracias a esas letras garabateadas y así, de alguna extraña y hermosa manera, nos construye y realiza. Releer cartas que en presente fueron verdad nos conecta con nuestra verdad actual y descubrimos que desnudos todos nos parecemos y todos somos hermosos. 

Y ya acabo con una anécdota y un deseo. Cuando me toca explicarles a mis estudiantes el cuadro de la comunicación, siempre presentado de manera aburridísima en los libros de texto, suelo aparecer en clase con la caja de madera donde custodio las cartas que he recibido a lo largo de mi vida. La abro y las desperdigo encima de la mesa (me viene a la cabeza el plató del concurso Un, dos, tres cuando sorteaban algo, lanzaban al aire centenares de cartas y escogían una). Ya con las cartas sobre la mesa, les digo mirad, cuando yo era joven, no había mails y nos mandábamos cartas: ésta es de mi madre, entonces la abro y leo algunos fragmentos. Luego otra, ésta es de mi amiga Ana, esta de mi novio (son las que más les gustan), esta de mi abuela, que en paz descanse… y así pasamos la clase: ellos abriendo y leyéndose cartas de mi gente y comentándolas en voz alta, en medio de un caos armónico y con sentido, hala, mira qué dice, ésta está en francés, ésta otra tiene dibujos y mira, aquí le confiesa un secreto. 

Al día siguiente, llevo otra caja igual de bonita y les digo, esta es la caja de las cartas que escribo yo y que no envío. Y entonces, ¿por qué las escribes? Obviamente no respondo y también les leo fragmentos para que hallen la respuesta. Carta al padre, al chico que me gustaba, al profesor de filosofía... Estas no las dejo a su alcance.  Siempre consigo un silencio preciado y valioso. Es el silencio más pedagógico que conozco. 

Y ahora el deseo. Perdonen la presunción. Yo sueño un mundo, y no me parece tan descabellado, en el que todos los días, o al menos todas las semanas, escribimos una carta a  alguien importante de nuestra vida (¡los niños aún lo hacen!). Sueño que los carteros van desbordados con enormes sacos repletos y tienen que ampliar la plantilla. Sueño con buzones de colores palpitantes, no solo amarillo desteñido, porque los buzones son contenedores de historias de amor en estado puro y se merecen la policromía rebosante del amanecer. Sueño que la gente lleva cartas en las manos en lugar de un móvil y sueño en ver muecas de alegría, de esperanza y de dolor en los asientos del metro y del bus. Y sueño también que, en los recreos del instituto, mis estudiantes, se pasan cartas, cerradas en sobres de formas y colores varios y se encierran en los lavabos, después de hacer cola, para leerlas y nos piden, luego, a los profesores media hora de silencio para responderlas. 

Comentaris

  • Just avui he recollit una caixa de casa els meus pares on tinc tota la correspondencia de la meva vida. I me n’he adonat com ens ha canviat la vida! Ho trobo a faltar! Gràcies per l’article Maite!!

5 -10 -20 -tots
1


 
Publicitat

Edi7orial

Del local al global

Publicitat
Publicitat