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Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Espejismos

Hubiese preferido quedarme en casa leyendo la obra de Beckett que acababa de comenzar. Pero acudí a la cita, al fin y al cabo, Mirela y yo estuvimos juntos unos meses, que ahora me parecían siglos. Me puse el abrigo y el sombrero que ella misma me había regalado. Ya en el ascensor, al verme en el espejo, me lo quité, lo arrebujé y lo metí en el buzón. Me puse los guantes y eché a caminar.

La esperé ocho minutos en la puerta de la universidad. Lamenté no haber cogido el libro pero me dediqué a contemplar la luna y la gente que desfilaba a paso ligero. Mirela apareció con su parsimonia habitual, nos saludamos y ella dijo que había olvidado el móvil en la moto así que volvió para cogerlo. Mientras se alejaba tuve una erección, aunque no me sentía excitado. A su vuelta me puso la mano en el hombro a modo de disculpa, yo seguía con las manos en los bolsillos. Caminamos hacia el bar más cercano, el silencio no me resultaba embarazoso, entramos, nos sentamos uno en frente del otro, ella de cara a la calle, pedimos y empezamos a charlar. Después de formalidades y preguntas banales, la cosa fue así.

—Fuiste muy duro conmigo. Nadie me había hecho jamás algo así—. Diría que tenía la frase preparada. Yo no quería abordar ese tema, en realidad en ese momento ya tenía ganas de irme pero merecía la pena practicar el amor a mí mismo. Había olvidado que ella solía hablar antes de los demás que de ella misma y gustaba de usar palabras como nadie, siempre o nunca. Cogí mi taza y aprecié el calor de la infusión.
—Mira, yo ya no era dueño de mí y necesité salir de ese bucle. Las cosas hubieran acabado muy mal. ¿Qué otra salida veías tú?
—Hablando se entiende la gente—. Comía un cacahuete tras otro y movía la cabeza como si le temblara—. Pero, qué pasó, ¿por qué fuiste tan radical? ¿Es porque estaba con otro?

No era por eso, o solopor eso. Yo ya sabía que ella tenía otras historias ni tampoco nosotros teníamos ningún compromiso, y si le hubiese dicho que no confiaba en ella o que me aburría me habría montado un pollo en el que hubiese permanecido anclado otros dos siglos. Y corté por lo sano. Le di las explicaciones justas, poniendo toda la atención en no herirla mi decisión. No fue fácil. Al principio me notaba mutilado, me costó acostumbrarme a la nueva realidad sin ella, la veía por todas partes, en todas las mujeres, soñaba con ella, le escribía cartas que, por supuesto, no le enviaba y evitaba también el contacto con gente común.

Había pasado el tiempo. El día anterior a nuestra cita me dispuse a escribirle una carta pero no salió nada. Lo había superado, aunque aún no fuera plenamente consciente de ello. Lo vi ahí, sentado frente a ella, mientras hablaba de sus viajes, sus planes, sus certezas, su maravillosa vida de pareja. Yo quería creerla pero lo que veía era demasiado nítido para dejarme convencer por su entusiasmo. Ni su bonito pelo ni su sonrisa despertaron en mí aquella curiosidad antigua, por más ganas de sexo que yo tuviera. Justo cuando íbamos a pagar y ya de pie dijo, ¿qué… qué tal el rencuentro? Creo que, como otras veces, buscaba mi aprobación.

—Bien. Muy bien. Todo está perfecto, Mirela. Me sorprende que digas que fui duro. Yo más bien creo que nos hice un favor. Lo nuestro no podía cogerse por ninguna parte. En todo caso, me alegro de que ahora estés tan bien con…
—Sí, estoy genial.
—Porque, ¿lo vuestro es transparente, verdad?

Claro, claro. Por esas cosas del destino, el susodicho pasó por ahí. Aún no habíamos salido del bar. Primero ella lo saludó con la mano, yo no me giré, luego dijo ahora vuelvo y salió unos minutos. Volví a sentarme y a lamentar haber salido sin el libro. Al volver confesó, no le he dicho que habíamos quedado, tenía el gesto un poco desencajado y entonces reconocí la expresión habitual de cuando estábamos juntos. Era el momento ideal para despedirse. Una vez fuera, la noté nerviosa, miraba a un lado y otro de la calle. Dijo, démonos un abrazo, ¿no? Estuve tentado de acompañarla pero preferí coger otro camino. Adiós. Adiós.

Decidí alargar el paseo y cogí la avenida del río. El frío arreciaba y me encogí dentro del abrigo con las manos en los bolsillos. En otro tiempo, hubiera encendido un cigarrillo, luego otro y otro, así hasta saciarme y tener las ideas bien ordenadas. Pensé en eso de ser duro. Vinieron un montón de imágenes de nosotros juntos, de sus desplantes, sus mentiras, sus tejemanejes, sus ausencias y presencias a medias. Pensé que yo no le diría a nadie que ha sido duro conmigo, y entonces caí en la cuenta de que lo absurdo de la vida también forma parte de ella, que podemos vivir aceptando la falta de sentido y que era una persona libre. Me emocioné. Era libre de verdad, libre y feliz, aunque me invadía una profunda tristeza, a la que tampoco deseaba darle bola. Intenté echar lágrimas pero ni el aire cortante me facilitó el llanto.

Entonces sucedió. En el banco de una plaza abrigada por un castaño monumental estaba sentado Camus. Lo reconocí enseguida aunque no pude confirmarlo hasta acercarme. Él sí fumaba, estaba con las piernas cruzadas y miraba las ramas o a través de ella. Apresuré mi paso, empezaba a caer una suave lluvia silenciosa, tal vez era niebla, me sentaría a su lado y le preguntaría qué opinión le mereceía Esperando a Godot.

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