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Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Nocturno

No tengo motivos aparentes para andar deprimido: tengo un trabajo, buena salud, amistades, una familia con quien pasar las navidades. De vez en cuando, alguien susurra mi nombre al oído. Cómo olvidarse del deporte, el cine, la naturaleza o las mujeres. No puedo quejarme, lo sé, además estaría mal visto en alguien a quien definen como alegre o suertudo. Sin embargo, hoy voy a hacerlo, explayadamente.

Suelo deprimirme cuando estoy solo, como ahora, y me pongo a pensar en lo que carezco, en lo que me gustaría que ocurriera ipso facto o en episodios del pasado que me han fragmentado y desearía cambiar completamente, por más que me engañe a mí mismo con ese cuento de que gracias a eso soy lo que soy. ¡Y una mierda! Se puede ser otra cosa, buena, habiendo vivido bien. Yo cambiaría tantas cosas de mi pasado que ya pierdo la cuenta. De hecho lo cambiaría absolutamente todo, hasta lo óptimo, por simple curiosidad. 

Dicen que de nada sirve lamentarse aunque yo tengo mis dudas, al menos ahora mismo que me doy el lujo de quejarme a micro abierto. Vivimos continuamente tropezando y cayendo con la misma piedra. O pedrusco. Y no nos recuperamos jamás. Sobrevivimos, no vivimos. Vamos sumando heridas, dolores, enfermedades, alergias que tratamos de anestesiar con maquillaje, fármacos y plastilina, heridas que emergen y buscan por dónde florecer de nuevo, y que volvemos a adormecer metiéndonos en ficciones de netflix, tinder o bonolotos. Hay quien le da por mirar de frente a los dragones y se apuntan a cursos o a terapia y va por el mundo levitando y sacando el polvo de las espaldas de los demás. Yo los rehúyo. Otros, entre los que me encuentro, prefieren cerrar la boca e ir tirando. De vez en cuando nos damos un homenaje de desvarío y nos atiborramos de excesos. Ninguno de esos grupos, ni siquiera el mío, me inspira confianza. Es difícil decir nada cuando lo que de verdad se quiere decir se resiste a ser dicho. 

Cuando uno alberga más pasado que futuro —que diría que es casi siempre, excepto cuando eres niño— es inevitable recordarlo y perderse en él, imaginar posibles continuaciones y elucubrar destinos distintos al que está siendo ahora. Y nos pasamos la vida encarnando otras vidas, evadiéndonos, consumiéndonos en nuestro propio desconsuelo. Ni en mi pasado laberíntico ni en mi presente existe ninguna Ariadna que me extienda un hilo dorado, y tal vez ahí radique el verdadero motor de mi lamento. He asumido la soledad que me habita, sin reprochársela a nadie, porque los demás también están solos. La he asumido con compromiso, como un estandarte que proteger y desde el cual seguir en la trinchera. Puede que aún siga en ese laberinto, abrigado por la ingenua ilusión de que me muevo a mi antojo y voy escogiendo libremente. Darme cuenta de todo esto me parece catastrófico, pero abreva mi locura y torna mi descenso a los infiernos algo más luminoso. Al menos ese descenso me sitúa en el presente.

Es extraño este hilo invisible que te conecta con un lugar. Las nubes que observo desde este banco donde acabo de acomodarme, las bandadas de pájaros que las atraviesan o el agua que emerge del surtidor de la plaza, no son más que un consuelo porque no puedo ver el horizonte, hace tiempo que no hay ningún horizonte: los edificios son demasiado altos y yo estoy demasiado anclado al asfalto, hace demasiado tiempo que camino encorvado y arrastrando los pies. De repente, veo a dos jóvenes, en una terraza, que se miran y se hablan. Me recreo en observarlos. En realidad, quieren besarse.

Llegados a este punto, quiero confesaros algo íntimo: estoy ocupando un cuerpo irreconocible. Es como si él fuera por libre y mi conciencia deseara permanecer callada y quieta. Como lo sé y me resulta imposible dejarme llevar por el instinto de la inacción (el verdadero instinto humano, a mi parecer), entonces respiro profundamente, cierro los ojos y observo las constelaciones que habitan dentro de mí.

Y todas, absolutamente todas, sin excepción alguna, me transportan a mi niñez. Debe de ser algo común, por lo que oigo y reparo en los que, en un acto de humildad, se atreven a reconocer. El niño que fui me habla y me guía por las diferentes estaciones de mi existencia. Ese niño ocupa un espacio que desconozco (me pregunto si ese espacio es físico y tangible). Mi abuela solía asustarse cuando, ya vieja, se veía reflejada en un espejo. Yo no soy viejo todavía, pero me siento ajado y desmembrado. Luego, mi abuela, se conformaba con lo que veía, claro, no le quedaba otra. Y a mí me sucede algo similar. Me conformo y armo discursos seductores para seguir adelante. Pero yo sé perfectamente que son una pura mentira: llevo mal —fatal—, las pérdidas, los recuerdos, las ausencias, los fracasos, las negativas, el paso del tiempo, los finales y los cambios forzados. Recreo un suicidio suficientemente magnánimo como para hacerme un hueco entre el recuerdo de los mortales. Pero sé que eso también pasará, porque ellos también la palmarán, más o menos dignamente. 

¡Es todo tan extraño! Incluso quejarme me resulta extraño, no estoy acostumbrado, pero me está sentando bien e incluso creo estar llegando a algún lugar, ¿verdad? Entonces oigo esas frasecitas hechas sobre la pobreza del mundo, el hambre o las guerras y me paro a pensar que, en el mundo de adentro, tan vasto e infinito como el otro, continuamente acechan las mismas calamidades y que de ni unas ni otras salimos ilesos. 

 Así que con este alegato a la queja, me despido de este mundo, al cual no he sabido adaptarme ni entender. Me consuela —de nuevo— saber que de aquí a un suspiro, ya no estaremos, ni tampoco esta ciudad, ni el planeta, ni la galaxia... Así que solo me queda desear que esos jóvenes que quieren besarse, lo hagan, torpemente, da igual, pero que se besen, por favor.
 
Firmado, 
Segismundo

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5 -10 -20 -tots
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