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Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Volver no siempre significa volver

Me lo pidió sereno: ¿te apetece que vayamos los cuatro a Marruecos? Piénsatelo, yo me encargo de los gastos del viaje y de formalizar los papeles de los niños. Eso sí, conducimos los dos. No sé. ¿Por qué no? Yo estaba en un buen momento y enseguida se me despertó el entusiasmo de volver a pisar África. Además, teníamos todo a nuestro favor: vacaciones, pocas ganas de celebraciones navideñas y dos criaturas maravillosas intrépidas y aventureras. Enseguida le contesté: reservo para fin de año en una Kasbah de Merzouga. Habíamos estado allí trece años antes, celebrando la entrada del año con tuaregs y otros blancos en torno a una hoguera, timbales y cantes. Ahora, llevábamos dos separados.

Ya en Nador, acordamos coger la carretera menos transitada. Condujimos acompañados de buena música, apenas nos cruzamos con otros vehículos, en esos días todos andábamos seducidos por la banda sonora de Los Miserables, que escuchábamos en bucle; el paisaje se iba volviendo cada vez más árido y agreste, la presencia de algún río anunciaba árboles y sombras donde acampar. Teníamos que ir parando con relativa frecuencia y nos resultó sencillo decidir dónde, ambos buscábamos silencio y un territorio llano donde explorar y tumbarse al sol. Los niños, piedras, fósiles, lagartos, serpientes. Alguna flor silvestre. Comíamos cacahuetes y dátiles que habíamos comprado en un pueblecito rural. Los niños nos escuchaban curiosos conversar con la gente, parecían entendernos, se movían libremente por las callejuelas, a ratos dibujaban o leían, otras veces se peleaban o nos acechaban a preguntas; todavía eran fáciles de responder y su alegría nos contagiaba. Nosotros, a solas pero con ellos cerca, hablábamos de nuestras cosas: el trabajo, los proyectos de cada uno, el libro que estábamos leyendo o las películas que habíamos visto. Durante las paradas yo tomaba notas en mi cuaderno, escribía algunos de los versos que me asaltaban, como suele sucederme cuando viajo y el tiempo carece de constricciones. Por turnos, nos alejábamos de la furgoneta, uno se quedaba con los niños mientras que el otro disponía de un tiempo en solitario. A mí me dio por caminar deprisa, quería llegar a algún punto exento de huella humana y ponerme a cantar ante un enorme cielo. Él, en su turno, caminó despacio, encontró un asentamiento nómada y símbolos bereberes dibujados en la tierra. Tampoco se había cruzado con nadie. Contemplamos la posibilidad de dormir allí, en medio de aquel desierto pedregoso, pero al final creímos mejor buscar un hotel, con ducha y desayuno autóctono. Llegamos a Er-Rachidia. Conocimos a un señor muy amable que nos llevó a un hotel de precios marroquíes, sin lujos de calefacción o agua caliente a todas horas. Le ofrecimos una propina, al menos para que pudiera volver en taxi, que él no la aceptó alegando que había sido un placer compartir con nosotros. 

Las ciudades africanas bullen durante el día: puestos ambulantes, pequeños comercios a pie de calle, gente trajinando arriba y abajo, colegialas que te siguen entre risas para pispar algo de la lengua de blancos y, a la que podían, interactuar con los niños. A mediodía, cuando el sol te empieza a nublar la vista, es agradable instalarse en un bar para tomar un té moruno con algún dulce árabe. Es típico ver solo a hombres sentados uno al lado del otro, a veces cogidos de la mano, fumando y comentando las noticias que anuncia una enorme tele colgada en la pared. Solo nos miraban al entrar. Decidimos quedarnos allí un par de días más y descansar antes de ir al desierto. Ya en Erfoud, la presencia de poblados de barro empieza a ser constante, el paisaje, monótonamente marrón pero bello, muy bello, y la temperatura alta durante el día. A ratos, con las ventanillas bajadas, nos quedábamos callados oyendo el sonido del motor y del viento seco. Los niños dormitaban o jugaban con el iPad. A él le gustaba escuchar en la radio los cantos del imam, combinados con músicas tradicionales; a mí, cerrar y abrir los ojos y recrearme en ensoñaciones varias. Las noches eran frías, jugábamos a cartas, leíamos, dibujábamos o nos retábamos con el cubo Rubik, hasta que se nos congelaban los dedos y nos íbamos a la habitación.  Cada uno se acostaba con un niño en un enorme colchón de algodón, cubiertos hasta la nariz por varias mantas pesadas y multicolores. Y nos dormíamos, abrazados. Sin persianas, despertábamos con las primeras luces y llamadas a la mezquita. Y nos echábamos a la calle hasta caer la noche. 

Ya nos esperaban en la Kashba de Erg Chebbi, Merzouga. Uno de los propietarios estaba casado con una catalana, una mujer sonriente que nos narró historias y costumbres amazigh, gente hospitalaria y poco habladora que adora recibir a gente extranjera. Sí, años atrás no había tantos hoteles, dijimos. Ahora, mires donde mires en el desierto, ves puntitos de gente moviéndose, filas de camellos o quads derrapando por la arena. Efectivamente, desde que existen vuelos baratos de Europa a Rachidia, esto se ha convertido en un destino turístico exótico. No teníamos ni idea, pero nos alegramos de que aquella mujer pudiera ir a visitar a su familia con mayor frecuencia.

Seguramente ambos recordábamos el viaje de trece años antes, aunque no hiciéramos alusión directa a lo luminoso y perfecto que nos había parecido todo entonces, entusiasmados como estábamos por el hallazgo reciente del otro e ilusionados en diseñar con elegancia un nosotros genuino y hecho a medida. En aquel entonces, coincidíamos en lo que veíamos, en esencia, claro está, porque cada uno añadía sus matices con todo lujo de detalles, pero en suma, celebrábamos a cada instante la simplicidad y magnitud de la vida. Yo me recuerdo completamente mimetizada a él y sentía que él también lo estaba a mí. Coincidíamos también en el deseo de permanecer horas bajo las mismas mantas pesadas y multicolores y de ducharnos luego con agua fría. Ahora, sin embargo, encontramos bastantes pegas a todo y lo curioso es que las confirmábamos casi al unísono. Lo importante es coincidir. Los niños no reparaban en aquel silencio nuestro y se movían con seguridad allá por donde pasaran, escalaban las dunas, descalzos, sacudiendo los brazos y se tiraban rodando para luego volver a escalarlas, infatigables. Y nosotros, en ese ahora, juntos pero separados, cada uno en su mundo, acogíamos sus voces y risas desenfadas, papá, mamá, mira qué hago, sonreíamos, suspirábamos, yo más, tal vez preguntándonos por qué no había podido realizarse aquello soñado, en qué punto todo empezó a resquebrajarse, por qué llegamos a creernos, soberbios, que a nosotros aquello jamás nos ocurriría. 

La noche de fin de año fue muy extremadamente fría. Cenamos con los abrigos puestos, nos hicimos algunas fotos divertidas con un candelabro. Encendieron varias hogueras afuera. Salimos y participamos un poco de la música de los timbales. Al cabo de poco, el padre y el hijo entraron en la habitación y se acostaron. Me hubiera gustado quedarnos más tiempo los cuatro, pero no le di bola a aquel pensamiento y disfruté de la velada y del recuerdo de aquello que ya quedaba lejos, lejísimos, como si perteneciera a otra vida. Y gocé plenamente de ver a mi hija, sentada con las rodillas entre los brazos, mientras mujeres bereberes la rodeaban y entonaban cantos que yo bailaba para sacudir aquel frío tan frío. Lloré, no sabría si de alegría o no, lloré como cuando llueve dentro de un bosque frondoso y no parece que llueva y nadie se para a pensar en lo reparador de esa agua calando gota a gota sin hacer ruido. 

Comentaris

5 -10 -20 -tots
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