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Ivan Aguilera

Ivan Aguilera

"Su mayor proeza fue ahogarse en una piscina llevando puestos unos manguitos."

Opinió

This is Rocket League

Para Pinjed


Fútbol y coches. Los puntales de la civilización. Sus cimientos. Alguien –con más criterio que yo, todo sea dicho– podría reprochar la superficialidad de esta observación, así como preguntarme que cómo tengo la osadía de obviar los estudios, análisis y críticas que han pensado la sociedad y la psicología de masas los últimos dos siglos y pico. Para que conste en acta: los tengo todos en cuenta, a la vez que los ignoro. Vale, Freud me soltaría una perorata sobre la represión sexual y la sublimación de a saber qué. Error. La sexualidad es la sublimación de las carreras de coches y los partidos de fútbol. No hay que ser muy listo para saberlo. Puede que Marx tache la sociedad burguesa de clasista –menuda tautología me acabo de marcar, ¿no?– y opresora, pero aquí todos sabemos que, de acuerdo, hay dos clases sociales, pero que no son las que él cree, sino la de los vencedores y los vencidos. Luego están Hegel y su ontología absolutista y tal, cuando el único momento en el que la Verdad, la Belleza y la Totalidad se conjugan es en el momento de la Victoria. Con uve mayúscula, que queda muy escolástico. Y a mí me gusta mucho tratar sobre cosas teológicas. Cosas importantes.

Cosas importantes como hablar del Rocket League. Un videojuego. Pero no es un videojuego cualquiera, sino uno que conjuga los dos elementos de los que hablaba al principio. Fútbol y coches. Me imagino a los diseñadores de Psyonix –la compañía que lo ideó– borrachos y drogados en una fiesta privada –una de esas que se veían en aquella excelsa película titulada Aquellas juergas universitarias –preguntarse “¿qué les mola a los tíos?”. Y, al instante siguiente de plantearse tal cuestión, uno de ellos salta con la Revelación más importante desde el Nuevo Testamento: “¡coches y fútbol!”, grita, extasiado. Y así se hizo el juego. Bueno, tardó un poco en realidad. De hecho, ni siquiera fue el primero que se desarrolló con esta magnífica idea. El predecesor fue uno cuyo nombre era tan largo que no he tenido arrestos para leerlo completo. Da pereza. Pero Rocket League es otra cosa. Mucho más pulido técnicamente, y jugable. Mucho más directo. Mucho más futbolero.

Porque ésta es otra: hasta su lanzamiento, en 2015, los videojuegos habían fracasado estrepitosamente en sus intentonas de captar el espíritu del fútbol. Fíjate, por ejemplo, en los FIFA. Dan mucha pena. Son sosos y aburridos, tanto de ver como de jugar. Se da una distancia vivencial insalvable entre la simulación del deporte rey y su realidad. ¿Por qué? A mi juicio, por dos motivos: la tensión y la catarsis. Cuando juegas al fútbol y vas a recibir el balón, tienes que colocar el cuerpo para recibirlo, pensar qué vas a hacer con él, si regatear, pasar, chutar, vale, pero ¿dónde?, ¿en qué portería?, ¿se la paso al tío de negro con silbato?, ¿le pego una patada al capullo ese del banquillo que no para de exigirme cosas?, ¿cómo narices se controla un balón?, es eso redondo, ¿no?, sí, lo es. Esto, querido, es tensión. En el FIFA no ocurre. Cristiano recibe el esférico y, vale, corre y chuta. Pero es como si no pasara nada. Ahora, prueba a controlar el balón de playa del Rocket League con el Batmóvil. Taquicardias te van a dar cuando lo intentes. El milagro es que consigas ponértelo justo delante de ti para conducirlo. Con Cristiano todo es más sencillo, ¿verdad? Curiosamente, la realidad no se parece a la simulación, sino al arcade: tanto tú como yo sudamos sangre para amortiguar la pelota con el muslo. Como cuando lo intentamos en el Rocket, pero con la carrocería del Octane. Y hablemos también de la catarsis. De la euforia y el lamento. De la purificación del sistema nervioso central mediante la expresión de emociones puras. Mete tú un gol en el FIFA y hazlo luego en una prórroga del Rocket League. Yo me he tenido que comprar varios joy-cons de la Switch porque he reventado los joysticks y los botones de tanto aporrearlos cada vez que anotaba un tanto en el extratime o me lo metían a mí. La metafísica occidental no es capaz de explicar un fenómeno de este calibre. Tampoco mi psiquiatra.

Coches y fútbol, tío. Esto es la liga de los cohetes. No existe nada más. Ni siquiera nosotros.

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