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Ivan Aguilera

Ivan Aguilera

"Su mayor proeza fue ahogarse en una piscina llevando puestos unos manguitos."

Opinió

Por qué soy heterotopista

La gente se mete conmigo. Es lo que hay. Cada vez que voy a la panadería a comprar mis cruasanes matutinos, hay un hombre que le tapa los ojos a su hijo y le dice: “No mires, hijo, ¡que ahí va un heterotopista!”. Algunas veces también le vocea: “¡Y encima es calvo!”. Y es que, a ver, estoy de acuerdo en que el heterotopismo es una cosa rara que se puede contagiar por vía dialógica; pero no entiendo que alguien, a estas alturas del milenio, piense que la alopecia sea un epidemia. A menos, claro, que el contagio sea genético, por lo que si el niño acaba siendo calvo, el padre debería preguntarse si no le han engañado con su descendencia. Por suerte para ese hombre, no conozco a su mujer. No desde que voy sobrio.

El caso es que quiero justificarme públicamente. Necesito hacerlo. No mi calvicie, pues es imperdonable. Lo que quiero justificar es mi heterotopismo. Para empezar, y sin que sirva de precedente, le doy la razón a Karl Popper cuando dice que las utopías convierten la singularidad y la opinión crítica en un crimen. De verdad te lo digo. Pero tiene su explicación, y es que la uniformización de la sociedad es la consecuencia necesaria de un viejo anhelo humano: el de la paz absoluta. Si no hay divergencias, no hay peleas. Ni guerras. Por este motivo las utopías acaban siendo tan férreas y monolíticas. Tan lúgubres. Así pues, toda utopía acaba convirtiéndose en una distopía, es decir, en aquel régimen que casi todo aquél que viva inmerso en él considera como el mejor posible, aunque en realidad sea terriblemente opresor. 

Pero que Popper no se flipe, ya que su querido liberalismo es exactamente igual de totalitario. Sólo hay que ver las ciudades: ya puedes viajar a Pekín, Nueva York, París o Barcelona, que todo lo que verás ha sido cortado por el mismo patrón feo y gris. Pienso también en un amigo ejecutivo que, en una videoconferencia con gente de Dubai, Berlín, Tokyo y Los Ángeles, se dio cuenta de que todos –él incluido– pensaban lo mismo acerca de cualquier cosa, lo que a priori no suena tan mal. Pero párate a pensarlo. Resulta inquietante, ¿no? No sé a ti, pero a mí cualquier semejanza entre seres humanos –sobre todo si viven tan lejos los unos de los otros– más allá de ciertas compatibilidades biológicas me resulta inquietante. Y encima, por si fuera poco, esto ni siquiera ha conducido a la paz mundial. 

Por eso soy heterotopista. No creo ni en la cohesión ni en el consenso. Apuesto por la divergencia y la disputa, siempre y cuando esta última no vaya en búsqueda de la infame hegemonía. Acostumbro a despreciar la imposición de cualquier tipo de organización social. De hecho, incluso me agrada que exista el capitalismo; pero, eso sí, que sea algo marginal y afecte a unos pocos, como ocurre en la novela 2312, de Kim Stanley Robinson. Por eso soy antiutopista, porque me gusta que me llamen calvo.

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