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Ivan Aguilera

Ivan Aguilera

"Su mayor proeza fue ahogarse en una piscina llevando puestos unos manguitos."

Opinió

Era Chamánica

Ya nada significa lo que solía significar, sobre todo aquello vinculado a los grandes ideales. Lo sospeché por primera vez cuando aquella peña chunga de las Azores profería cosas como “guerreamos por la paz mundial”, “queremos democracia para Irak” o “¡que vivan nuestros valores liberales!”. A ver, grandes mentiras han existido siempre, de ahí que Orwell atinara tanto y tan bien con su “Ministerio del Amor”; pero es que ahora todo lo que fundamenta nuestra cohesión es premeditadamente falso. Desde las mitologías que originan nuestras culturas y naciones hasta la supuesta adecuación de nuestros actos conforme a unos –elevados– fines, sean estos últimos la democracia, la libertad o la mismísima independencia. Y es que desde hace unos pocos lustros las palabras que refieren a ideales sufren un desgaste que, en mi trivial opinión, las sepultará en breve. Nada me haría reír más que ver a los propagandistas de la burocracia devanarse los sesos buscando nuevos vocablos para mantenernos atados a su yugo. Hace relativamente poco se intentó con “soberanía”, pero no cuajó bien. Demasiado ambigua y compleja. No sé a vosotros, pero a mí se me hace difícil imaginar al William Wallace de turno –me da igual la causa, sólo es un ejemplo de mártir ruidoso– gritando “¡soberanía!” a las masas mientras entra esposado al coche de policía. No lo veo.



O quizás no sea sólo una cuestión que tenga que ver con el poder político, sino algo bastante más amplio, ligado también al conocimiento y a nuestra naturaleza práctica: un desesperado intento de cambiar la realidad mediante las palabras; pues la realidad no mola, y nuestras acciones políticas, que últimamente son solamente simbólicas, resultan estériles. Mucha “democracia”, pero, como decía Castoriadis, nuestro régimen oligárquico haría parecer anarquista a un emperador romano; mucha “libertad”, pero nunca antes la humanidad ha emitido tantas leyes prohibitivas; y mucho hablar de “independencia”, pero nunca antes nos había importado tanto lo que digan el Estado –ejem, el Tribunal Constitucional– y otras instituciones despóticas –cof, cof, la UE– y tal. Lo que estoy tratando de decir es que las palabras ya no designan la realidad, sino que se usan para conjurarse contra ella. Algún día, los historiadores del futuro bautizarán este segmento de la historia como “Edad Chamánica”, y todos felices. 

Yo el primero, pues acabo de registrar la expresión, por lo que recibiría una buena cantidad de dinero cada vez que alguien la use. También me he apuntado a la SGAE. Así que, de antemano, muchas gracias al lerdo que me cite… pagando. Porque si me cita sin ver yo un euro, envío a mis nuevos esbirros a su casa. Avisado queda.

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