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Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Chea de vida (i)

El convoy entró en el andén unos minutos antes de lo previsto. Él todavía no había llegado. No pasa nada, esperaré, pensó ella. Fue al baño, se mojó la cara. Se vio bonita a pesar de las ojeras, era la ilusión del rencuentro. No había pasado tanto tiempo aunque le parecía media vida. Se sentía llena. Salió de la estación, miró el cielo, despejado, respiró ese aire nuevo, hacía fresco, mucho más que de donde venía, otro norte más al este. 

Lo vio dentro del coche. Lo saludó con la mano y acudió apresuradamente movida por el júbilo. Se besaron, con la sonrisa grande, se saludaron varias veces, se acariciaron y un calor reconocible los envolvió. Reclinaron los asientos. Luego deambularon por la ciudad. Se explicaron sus días, sus sueños sin el otro, pero llenos de vivencias estupendas. Se miraban, se escuchaban, se abrazaban por todas partes. Se habían esperado y la satisfacción les henchía el pecho. Entonces él le dijo que la acompañaría a un lugar que ella quería visitar, ella le contestó no hace falta, se tropieza y se cae de morros al suelo. Luego, risas, recreación del momento, caricias y lametazos con saliva en las heridas, la mejor cura. Durmieron juntos plácidamente. Estuvieron cuatro días así, compartiendo pensamientos, anécdotas, chistes, paseos, él le leía poemas de Bukowski, ella le contestaba con otros de Gioconda Belli y a través de las palabras de otros, hablaban de ellos. Él le enseñó el lugar, la llevaba de la mano, salían a horas intempestivas, la llevó al mar, su mar, sus rincones y sus costumbres, visitaron lugares emblemáticos, en la noche, sin turistas ni linternas, cogidos por la  cintura, mojándose los pies y algo la ropa, descalzos y sin pesos. Él le narraba historias suyas de otro tiempo, ella lo escuchaba tratando de retenerlo todo y le contaba mitos de otro tiempo y de mañana. La luna estaba cerca, lucía hermosa arriba, enorme; regresaban a la guarida donde iniciaban otro lenguaje hasta acabar extenuados y se acurrucaban el uno al lado del otro. Dos siendo uno. Y así varios días, mediodías, tardes, con sus cosas, sus noches y amaneceres. Nada podía separarlos porque tampoco deseaban nada más que estar juntos. Era posible, les estaba ocurriendo. La magia. Él le confesó que se imaginaba con ella en silencio, con respecto. Ella asintió.

Pero el tiempo no es siempre lo vertical que quisiéramos y ella emprendió su camino. No hubo apenas mensajes, sí pensamientos y deseos compartidos, recuerdos muy vívidos, una especie de nostalgia del otro que empezaba a despuntarles. Antes de que fuera insoportable se vieron de nuevo, como una casualidad pactada y siguieron siendo uno en escenarios varios y parecidos. Hubo excursiones, caminatas en el mar y en la montaña. Surgieron temas puntiagudos, no importaba, nadie está obligado a entenderse en su totalidad, entenderse es tolerar lo diferente, pero ambos querían llevar razón, aunque no lo reconocieran. La libertad también puede ser rígida. La libertad también puede nublar las cosas bellas. 

Y así sucedió. Volvieron a dejarse, a ella le costó más que otras veces. ¿Por qué? se preguntaba, ¿estará él igual que yo? No le parecía. Las respuestas que encontraba no la convencían, entonces dejó de hacerse esa clase de preguntas y optó por fluir. Pero los fluidos a veces son demasiado fluctuantes. No le expresó sus miedos antes de tomar el tren de vuelta, besos, promesas, regalos, era lo más fácil. Y confiar. Eran pequeños dioses jugando entusiasmados a ser humanos. Él se fue antes de que amaneciera y ella corrió sola al tren de vuelta que la devolvería al otro extremo de la tierra, con una esperanza naciente, un deseo desbordante y aquellas dudas ignoradas. También había música, con sus pausas y sus compases. Voltaremos vernos noutro momento, voltaremos vernos, como un memento. Lo intentaron. Lo intentaron mucho, con todas sus fuerzas. A veces más él, a veces más ella. Se llamaron por teléfono, se reconocieron en ese estado de amor completo, voltaremos vernos por fora e por dentro, voltaremos vernos, en silencio? La esperanza se fue renovando a trompicones. Se escribieron menos, y menos, cada vez menos, hasta llegar a nada, aunque querían, pero nada. Seguramente cada uno enganchó con su vida rica y plena, su jornada chea de vida. Se recordaban, se amaban en silencio hasta que el silencio los devoró, como un Kronos desgarrando a sus hijos, por muy dioses que pudieran llegar a ser. 

Probablemente aún se amen, quién sabe, tal vez exista el vomitivo que les transporte a aquel presente, no tanto físico. El caso es ese, lo dicho ya: existencias llenas de vida, de ahoras, de ilusiones nuevas, y por más que se hayan prometido, sin decírselo con las palabras justas, eso ya es pretérito y además habitan tiempos líquidos, viven atrapados en el presente, aunque les pese y se vivan como seres libres. El presente, como la libertad, a veces también contiene rigidez. La intención, por buena que sea, sin presencia y con fantasía, se vuelve extraña. Sin flujos compartidos, el deseo, las proyecciones, las palabras llevadas por el viento (del norte) se van transformando en recuerdo, en una ficción, en un cuento tal vez. Tal vez. Un cuento. 

De momento, en silencio, sin pretensións.


Canción de Guadi Galego
 

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