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Maite Alarcón

Maite Alarcón

En perfecta harmonia amb el canvi. Poliglota activa també del silenci. Bibliòfila i peregrina. 

Opinió

Viaje al centro de la lengua

Llevo algunos años dando clases, habitualmente de lengua y casi siempre como lengua extranjera. No enseño siempre la misma pero en todas hay una manera similar de comenzar. Al abordar ese nuevo código, sabemos (reconocemos) cómo suena y empezar a estudiarlo es ponerle atención, meterse en sus significados y sinsentidos justamente para encontrar un sentido y vivirse, descubrirse, también a uno mismo, en esa lengua. 

Si nos damos un  paseo por los manuales de aprendizaje, vemos que en las primeras páginas suele incluirse el abecedario, las presentaciones, los saludos, los verbos ser, estar y tener. Dicho de otro modo, lo que te relaciona con el otro, lo que te etiqueta y define, y lo que poseemos. Al  analizar lo que tenemos, la cosa no deja de ser curiosa: tenemos años, hijos, pareja, casas, animales, hambre, dinero… ponemos pues al sujeto parlante como centro de ese universo lingüístico que se supone que traduce la realidad. Tiene cierta lógica, UNA lógica lógica: yo veo el mundo desde mí o a través de mí, y lo enuncio. La pregunta que me viene es: ¿cómo diríamos el mundo si calláramos más de lo que hablamos? ¿O si escucháramos más?

El poeta Hugo Mujica sabe mucho de eso, se pasó siete años silente en un monasterio trapense. Esta experiencia me tiene completamente fascinada, aún así, no alcanzo a entender algunos de sus versos que, aunque me resuenen e intuya que quieren decirme algo, otro algo en de ellos se me escapa, se me escurre como esa agua de llovizna que nunca cala o como sucede con las lenguas extranjeras, que por más que las hables, no las callarás tanto como la materna. O tal vez sí, y esto es maravilloso. Por si acaso, sigo leyendo de vez en cuando las poesías de Mujica como si fueran la primera vez.  

Sin irme mucho por las ramas, llama la atención el caso del latín. Uno de los primeros verbos que se aprende es amar, algo sorprendente viniendo de un pueblo que arrasaba con cualquier vestigio que evocara lo anterior. Aunque ese es otro cantar que conviene tener en cuenta para recordar de dónde venimos. Efectivamente, antes había otros pueblos, otras maneras de hacer, de vivir… eso ya lo sabemos, como sabemos que en algunas partes del planeta (y quién sabe si del universo) esas formas aún perduran y funcionan.

La hermosa película La belle verte, traducida al español como Planeta Libre, muestra a aborígenes australianos como seres conectados con lo esencial y viviendo en armonía, en contraste con la vida de ciudad (en la película, París), lugar contaminado, foco de enfermedades y conflictos, generador de seres agresivos, parlanchines, nada escuchadores y separados de la matrix. Me viene también a la cabeza el bosquimano de otra gran película, Los dioses deben de estar locos, quien, ante la amenaza del mundo avanzado en forma de botella de coca-cola, peregrina al fin del mundo para deshacerse de ella. En el camino, claro está, pasan cosas y se topa con los blancos, cosa que le sirve al director para reírse de su torpeza y engreimiento occidental. 

Tras ver películas así tengo la sensación de que todo este nuestro entramado de objetos de deseo en nombre de coca-colas, buen trabajo, ocio o consumo (el mismo cine o la poesía) son en realidad la gran mentira para capturar lo que tenemos (dinero, hambre, sueño, ganas, hijos, amantes…) y robarnos el tiempo para simplemente ser, y que estos extraterrestres han comprendido lo básico y no se andan con tantas tonterías ni embrollos mentales. No es que me salga la vena thoriana (que la tengo y mucho más en verano) pero tenemos mucho que aprender de sus costumbres y no costumbres, de sus miradas, sus lenguas, sus silencios y luego, tras observarlos y acogerlos sin paternalismos ni exhibiciones de buenismo, tenemos mucho que callar.

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