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Ivan Aguilera

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"Su mayor proeza fue ahogarse en una piscina llevando puestos unos manguitos."

Opinió

Los parámetros de la ciencia-ficción. ¿Hay esperanza?

Para no variar con respecto a mis últimas aportaciones, hoy trataré un tema que apenas le interesa a nadie, pero que a mí me parece tan imprescindible como intrascendente. Este tema es –y no podía ser otra cosa– los parámetros con los que se valora la calidad de la ciencia-ficción literaria. Porque toda persona más o menos sensata puede coincidir en las bondades de clásicos antiguos y contemporáneos en lo que respecta al cine, como ocurre con 2001: Odisea espacial, de Stanley Kubrick, 12 Monos, de Terry Gilliam, o Ex Machina, de Alex Garland. Lo mismo ocurre con los videojuegos, cuyo público sabe de la calidad de sagas como Metroid o Halo. Sin embargo, en lo que se refiere a las obras literarias, ¿alguien de aquí me puede decir no ya algún libro bueno, sino algún libro de ciencia ficción –a secas– publicado los últimos veinticinco años? Yo me sé alguno porque a veces investigo por internet, algo que he estado haciendo para escribir este artículo. 

Así, pues, gracias a esta investigación tan somera, voy a alardear de conocimientos que no poseo, rajando primero de la calidad de la producción literaria de Asimov, cuyo crimen no es sólo éste, sino que además lo señalo como el verdadero responsable de que, debido a su alargada y oscura influencia, la mitad de las obras más populares de género oscilen entre lo pueril y lo cutre –cualidades que, por otra parte, también posee este texto–, lo cual me parece una pesadilla. Por ejemplo, es abrir una novela y leer cosas tan horribles y manidas como “robots con conciencia”. O ponerse con una ópera espacial y que te salga el típico binomio inseparable de “los imperios galácticos”. Un coñazo antropocéntrico, vamos. De ahí que nadie haga caso ya a las obras más pulp. De hecho, lanzo una pregunta al aire: ¿a alguien le extraña a estas alturas que las estanterías de literatura fantástica y de ciencia-ficción se ubiquen casi siempre justo al lado de la literatura juvenil en la mayoría de librerías? Porque a mí no, y culpo al “Buen Doctor” de ello. A él y al primer parámetro que pongo en cuestión: el impacto sociocultural. La gente se quejará de Los juegos del hambre y Divergente, pero es lo que nos merecemos. 

De ahí también que la única salida que haya encontrado el género al infantilismo haya sido la denominada ciencia-ficción hard, que concede todo el peso de las historias a la especulación. Da igual que ésta sea científica o pseudocientífica, el caso es que haya un desarrollo de la “idea” central del texto. Arthur C. Clarke, que tampoco es que brille por su calidad literaria, es uno de sus baluartes. ¿El problema de este tipo de ciencia-ficción? Aparte de su mencionada calidad, ha llegado un punto en el que las piruetas conceptuales ya no son tan sencillas de entender. El autor australiano Greg Egan, por ejemplo, te recomienda tener conocimientos avanzados en física solar, astrobiología y teoría de cuerdas para leer sus novelas. Doy fe de ello, pues me tragué Diáspora entera y no me enteré de lo que pasaba en ninguna de sus cuatrocientas páginas. Y aquí encontramos el segundo parámetro dudoso: el de las ideas impactantes. Pero bueno, en este caso al menos tenemos dos honrosas excepciones: Neal Stephenson y Liu Cixin. Ambos te resquebrajan el cerebro, pero es que en Neal Stephenson además hay mucha calidad.

Por supuesto, fardaré también de haber leído el famoso artículo “Las posibilidades perdidas de la ciencia-ficción”, de Jonathan Lethem, en el que el hombre, que escribe bien y tiene muy buen gusto, se pregunta qué habría pasado si El arcoiris de la gravedad, de Thomas Pynchon, hubiese ganado el Nebula –premios anuales que se conceden a obras destacadas de ciencia-ficción– de 1973, premio al que estaba nominado. No recuerdo muy bien cuál fue su respuesta, pero intuyo que decía que le habría ido mejor al género. Quizás hubiese apostado más por la buena literatura en vez de por los sables láser o los seres que viven en la quinta dimensión. Quizás Don DeLillo estaría compitiendo año tras año contra Neal Stephenson en los premios Hugo y Nebula. Quizás la recientemente fallecida Ursula K. Le Guin y Sanislaw Lem gozarían de un merecido premio Nobel.

Quizás el mundo sería mejor y viviríamos todos en el comunismo libertario.

Sin embargo, el premio Nebula de 1973 se lo llevó, cómo no, Isaac Asimov, por Los propios dioses. Culpable por doble delito. Qué desgracia. Habría que resucitarlo sólo para aplicarle la pena de muerte.

Arreglar este desaguisado está costando décadas. Por suerte, hay esperanza. Son en su mayoría mujeres las que están sacando todo esto a flote, como Kameron Hurley, N. K. Jemisin, Becky Chambers y Ada Palmer, a las que se suma China Miéville, que es un hombre. Espero mucho de ellas. Y de él. Que me vuelen la cabeza, y que lo hagan con suma belleza.

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