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Ivan Aguilera

Ivan Aguilera

"Su mayor proeza fue ahogarse en una piscina llevando puestos unos manguitos."

Opinió

El artista madridista

Como cualquier persona poco sensata, llevo casi toda la vida buscando los criterios objetivos que evalúen la calidad de un artista. Al principio, en mi ya lejana adolescencia, creía que los buenos son los que venden, haciendo caso omiso a aquello de lo que se quejaba Cornelius Castoriadis -porque por aquel entonces no lo había leído, claro- con vehemencia: que los músicos, escritores o cineastas no venden porque sean buenos, sino que, a causa de nuestros parámetros mercantilistas, se les considera buenos porque venden. Craso error del que me di cuenta demasiado tarde: discusiones, peleas e innumerables traumatismos, cardenales y fracturas se sucedían después de que yo sentenciara cosas como que Sófocles era un mindundi en comparación a Michael Bay, ya que, aunque resulte ciertamente meritorio que Antígona lleve más de dos milenios en cartelera, la que de verdad lo petó en taquilla fue Transformers.

Más tarde, cuando alcancé la veintena, cambié drásticamente de parecer. El asunto artístico ya no dependía de lo estrictamente comercial para mí, sino de lo refinado de la obra; lo cual quiere decir que lo verdaderamente importante es que no la entendiese nadie excepto yo. 

Esto tiene dos explicaciones: por una parte, si el artista es el canal por el que se manifiesta Dios, la Verdad o el Bien, no me habría molado nada que todo el mundo hubiese padecido epifanías al visionar las películas de David Lynch... quitarme a mí el privilegio de la Revelación, ¡a quién se le ocurre! Es como si alguien hiciese la exégesis de la Biblia mientras tú, un reputado teólogo, le observas preguntándote: “¿qué coño hace este desgraciado?”. Menudo insulto. Pero es que tienes que comprenderme: me gustaba pasarme de listo, aunque en realidad fuera -y probablemente lo siga siendo- un imbécil. 

La segunda explicación que le encuentro a este fenómeno es que sigo -seguimos, mejor dicho- acarreando a cuestas la dictadura franquista, y claro, en períodos dictatoriales uno tenía que esconder sus dardos al régimen de dos maneras: o escribiendo tochos interminables para que al censor de turno le diese palo leer la obra completa o encriptando el mensaje, convirtiéndolo en algo sutil para que tanto la obra como el autor fuesen ignorados. Claro que yo me pasé tres pueblos al endiosar Carretera Perdida, que ni el mismo David Lynch entendió, pero tampoco voy a fustigarme por ello. Si acaso, reconoceré que me iba lo hermético porque estaba influenciado por esa manera de ser y hacer bajo la dictadura. Y cambiaré de punto de vista. Otra vez.

Y ahora, al fin, creo que he dado en el clavo, porque lo que me va es cierta corriente de la teoría evolucionista del arte, que prima la erótica del artista por encima del mensaje, el significado, la forma y el contenido de cualquier obra. Total, cada cierto tiempo las ideas estéticas cambian, y lo que hoy tiene influencia mañana será sepultado en el olvido. Sin embargo, el acto sexual, aunque sea fugaz -es lo que hay, sí- e inmediato, es contrastable empíricamente. La cosa, entonces, no va de trascendencias banales, ideales inalcanzables y chorradas por el estilo; el centro ha sido, es y será para siempre el sexo. Por este motivo, considero que el mayor artista de todos los tiempos es Julio Iglesias. Si la funcionalidad biológica de todo arte tiene que ver con la cópula y la reproducción, no hay nadie como el ex portero merengue. Sófocles, David Lynch o Shakespeare serían, como mucho, unas notas a pie de página de la biblioteca alejandrina que representa Julio Iglesias. Además, el hombre podría ser tu padre, y lo sabes.

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